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ANÁLISIS Y OPINIÓN

Reducción de la jornada laboral: una cosmovisión justicialista

Por Maximiliano Arranz

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La reducción de la jornada laboral es tema de importancia y presencia permanente en la agenda de los que se ocupan de legislar sobre el mundo del trabajo.

Existen varios proyectos en el ámbito local al respecto, pero me gustaría destacar dos de ellos.

El proyecto 6404-D-2017, autoría del diputado (MC) Héctor Recalde, y el 6044-D-2020, de la diputada Claudia Beatriz Ormaechea, plantean reducir las horas semanales. Complementariamente existen otras propuestas dando vueltas los pasillos del Congreso como la del Senador Mariano Recalde, que busca que la reducción de la jornada impacte en forma de un día menos en la semana laboral.

Todos los actores coinciden en que reducir la carga horaria y aumentar el descanso generan mayor productividad y más fuentes de trabajo (distribución del empleo).

Observar los evidentes resultados positivos en términos de productividad (ver reducción de la jornada laboral: desafíos y realidades), me empujó a reflexionar sobre el tiempo ganado en dicha reducción. Pero no en términos de cantidad, sino más bien de calidad.

La concepción justicialista del mundo plasmada en la Comunidad Organizada ha nacido de las entrañas mismas del pueblo argentino. Si revisamos un poco su “árbol genealógico” podemos encontrar al pensamiento griego, al orden romano, a la moral cristiana y a la cosmovisión hispánica.

El justicialismo como doctrina no se limita a la redistribución de los bienes materiales, sino que busca el mejoramiento del hombre argentino a partir de su elevación moral mediante la práctica de las virtudes. Claro está, como decía Santo Tomás de Aquino, que “nadie puede practicar sus virtudes con la panza vacía”.

Por eso Perón llenó la panza de los trabajadores. Para que podamos practicar nuestras virtudes y, de esta manera, elevarnos moralmente para ser mejores como individuos y como pueblo logrando una adecuada distribución de los bienes materiales y espirituales de la nación.

Y, justamente, qué mejor momento para elevarnos moralmente que el tiempo ganado a la maquinaria infernal del productivismo extremo.

KRONOS vs. KAIRÓS

Los antiguos griegos tenían dos formas de nombrar al tiempo: kronos y kairós. Mientras el primero hace referencia al tiempo cronológico o secuencial que puede ser medido, el segundo representa un momento relevante, el tiempo de la oportunidad.

Según esta diferencia el tiempo kronos tiene una importancia cuantitativa, ya que se refiere a cómo medimos con precisión los días y la vida. Por su lado, el tiempo kairós posee una relevancia cualitativa, por lo que puede ser considerado como momento adecuado, como tiempo en potencial, como la mejor oportunidad para la realización de una acción.

Ahora bien, si el trabajo es claramente “kronos”, el tiempo ganado en reducción de jornada no debería tener la misma lógica cuantitativa y medible. Sería una derrota que la conquista quedase reducida a un simple descanso para volver al trabajo.

Una sencilla pausa en las tareas laborales, más allá de su duración, sigue perteneciendo a la vida del trabajo y está incluida en el transcurso cronológico de la jornada de trabajo. Su misión es suministrar nuevas fuerzas para trabajar de nuevo.

La reducción de la jornada, para las personas que integran la comunidad organizada, tiene que ser tiempo kairós, el tiempo de la oportunidad de practicar las virtudes.

OCIO vs PEREZA

Según la RAE, el ocio es la diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio, porque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas. Pero según los antiguos griegos el ocio es uno de los fundamentos de la cultura, y así se puede ver en la lectura de la Metafísica de Aristóteles: “La felicidad radica en el ocio y se realiza plenamente en la actividad de la mente, que tiene su propio placer”. Para Aristóteles es la actividad superior que nos asemeja a los dioses y es la más apropiada por naturaleza para la realización del ser humano.

Por el contrario, la pereza es negligencia, tedio, descuido en las cosas a las que estamos obligados. La pereza es, según la Biblia, uno de los siete pecados capitales.
Pereza y falta de ocio se corresponden. El ocio se opone a ambas.

“Estar no ocioso” es la palabra que tenían los griegos para la actividad laboral. De la negación del ocio en latín, hoy tenemos el término “negocio” del castellano.

En la lógica capitalista/protestante de acumulación de riqueza, el ocio sólo puede aparecer como algo completamente imprevisto, extraño, incongruente, incluso absurdo, sinónimo de holgazanería y pereza.

El mundo posmoderno condena a las personas a pasar la semana viviendo de un modo inhumano y sometidas al rigor de la máxima rentabilidad con una falsa liberación de fin de semana, repleta de pereza y excesos.

Para la cosmovisión justicialista, por herencia, el ocio corta perpendicularmente el término de la jornada de trabajo. No es el trabajo mismo por mucha fuerza que el trabajador reponga en él. El sentido del ocio no es facilitar en forma de descanso corporal nuevos ímpetus para volver a trabajar, aunque esto sea uno de sus efectos. El ocio es de rango más elevado, es el momento de contemplación y de práctica de virtudes.

Dijo el filósofo Josef Pieper: “Por muy verdad que sea que el que acostumbra a rezar por la noche se duerme mejor, nadie puede hacer la oración de la noche con el fin de dormirse. Del mismo modo nadie quisiera entregarse al ocio solo para reponerse”.

Celebro todas las iniciativas legislativas que, respetando la consigna de “producir más y mejor”, generen para el trabajador mayor tiempo de ocio. Especialmente aquellas que buscan reducir los días, más allá de las horas, porque este es un elemento fundamental para la elevación moral y el mejoramiento del hombre argentino.

* Secretario adjunto de Asociación Sindical De Motociclistas Mensajeros Y Servicios (ASIMM)

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